Perspectiva de Género y ESI: 5 conceptos clave para la conducción institucional
En las conversaciones sobre género, pueden aparecer términos nuevos y conceptos complejos. Es común sentirse abrumado o pensar que es un debate exclusivo para académicxs y activistas. Sin embargo, más allá de la aparente complejidad, existen algunas ideas clave que, una vez entendidas, pueden aclarar el panorama.
Les proponemos desglosar cinco de las ideas más fundamentales que son el resultado de las discusiones de nuestro grupo de estudio para aspirantes a cargos jerárquicos en educación en @impulsoeducativo_ en diversidad sexogenérica. No se trata de memorizar un nuevo vocabulario, sino de adquirir herramientas conceptuales que te permitirán ver la realidad —y las estructuras que la sostienen— con una nueva perspectiva. Vamos a cuestionar algunas de las suposiciones más arraigadas sobre lo que significa ser “hombre” o “mujer”.
1. La “perspectiva de género” no siempre es tan inclusiva como pensamos.
Estamos acostumbrados a escuchar que aplicar una “perspectiva de género” es indudablemente sinónimo de inclusión, lo cual parece una acción justa y necesaria. Sin embargo, el filósofo y activista Blas Radi nos invita a mirar más de cerca y a hacernos una pregunta incómoda: ¿De quién hablamos realmente cuando hablamos de género?
La idea principal es que, por lo general, cuando las leyes, políticas o programas vinculados con lo público mencionan la “perspectiva de género”, en realidad se están refiriendo exclusivamente a las mujeres “cisgénero”, es decir, aquellas personas cuya identidad de género coincide con el sexo que se les asignó al nacer.
Esto genera un problema porque, bajo un paraguas que se presenta como inclusivo, se genera una nueva forma de exclusión. Las mujeres trans, las travestis y otras identidades no hegemónicas de género quedan fuera del marco de protección y de las políticas públicas diseñadas para ellas. Esto nos obliga a ser mucho más precisxs en nuestro lenguaje y a preguntarnos si nuestras acciones, incluso las mejores intencionadas, incluyen a todas las personas o solo a un subgrupo privilegiado dentro de una categoría.
2. No solo las personas trans tienen “identidad de género”. Todas, todos y todes la tenemos.
Este uso restrictivo del concepto de "género" generalmente se deriva de otro error fundamental: tratar la identidad de género como un tema exclusivo de ciertas identidades en lugar de una experiencia humana universal. Es decir, se la menciona como si fuera una característica exclusiva de una minoría, algo que solo “les pasa” a las personas trans o travestis, lo cual es un error.
Para entenderlo, debemos recurrir a la Ley de identidad de género de Argentina (Ley 26.743), una de las más avanzadas del mundo. En el artículo 2 encontramos la definición de identidad de género: se trata de “la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente”. Es decir, esta definición es para todxs.
Para entenderlo mejor, veamos dos conceptos clave:
- Cisgénero: Persona cuya identidad de género (su vivencia interna) coincide con el género que le fue asignado al nacer.
- Transgénero/travesti: Persona cuya identidad de género no coincide con el género que le fue asignado al nacer.
En otras palabra, la identidad de género es una experiencia humana universal. Las personas cisgénero también tienen una identidad de género, la que se alinea con las expectativas sociales y la documentación oficial, lo que la vuelve lo “normal”. Reconocer esto cambia el eje de la conversación: deja de ser un tema sobre “ellxs” (las personas trans/travesti) para convertirse en una reflexión sobre una característica que compartimos todos los seres humanos.
3. El problema no es solo el prejuicio individual, sino un sistema llamado “cisexismo”.
Una vez que entendemos que la identidad de género es universal, la discriminación deja de ser un problema de prejuicios individuales. Cuando pensamos en la discriminación hacia las personas trans, la primera palabra que suele venir a la mente es “transfobia”, que describe el odio o rechazo hacia estas personas. Sin embargo, para entender la raíz del problema, necesitamos un concepto más amplio que describa no solo los actos de odio, sino el sistema que los produce y legitima: el cisexismo.
Se trata de un “sistema de exclusiones y privilegios simbólicos y materiales vertebrado por el prejuicio de que las personas cis son mejores, más importantes, más auténticas que las personas trans” (Blas Radi).
Este sistema opera sobre la base de tres características fundamentales que organizan nuestra sociedad:
- Es generizante: Asigna un género de forma obligatoria a todas las personas desde antes de nacer. No existe la opción de no tener un género.
- Es biologicista: Basa esa asignación obligatoria únicamente en una interpretación visual de los genitales al momento del nacimiento.
- Es binario: Solo reconoce la existencia de dos géneros posibles y “opuestos”: hombre y mujer.
Nombrar este sistema es un acto poderoso porque nos permite pasar de ver la discriminación como actos aislados de “transfobia” a comprender el diseño social que produce, legitima esa violencia y crea sujetos privilegiados (cis) y sujetos vulnerados (trans/travesti y no binarxs).
4. La biología no es un sistema binario: el mito de los dos sexos.
Nombrar un sistema cisexista nos ayuda a ver la arquitectura social del género. Pero este sistema se construye sobre una base que parece inamovible: el binario biológico de macho y hembra. ¿Y si esa base no fuera tan sólida como creemos?
La bióloga y teórica feminista Anne Fausto-Sterling plantea el caso de la atleta española María Patiño en la década del 80 lo ilustra a la perfección. A pesar de haber vivido y competido toda su vida como mujer (cis), un test cromosómico moderno y “científico” determinó que su biología no encajaba en las categorías tradicionales. El análisis reveló que tenía un cromosoma X y un Y, y que sus genitales externos ocultaban testículos internos no descendidos; no tenía ni útero ni ovarios. Lamentablemente fue descalificada y humillada públicamente.
La experiencia de María Patiño revela que era una persona intersex, término que agrupa a individuos cuyas características corporales (cromosomas, gónadas, genitales) no se ajustan a las definiciones típicas de hombre o mujer. Lejos de ser una anomalía, se estima que un porcentaje significativo de la población mundial —algunas fuentes lo sitúan entre el 2% y el 5%— nace con alguna variación intersexual.
Asimismo, Anne Fausto-Sterling argumenta que la ciencia no ofrece verdades absolutas, sino herramientas que interpretamos socialmente. En este sentido, la científica argumenta que:
“Etiquetar a alguien como varón o mujer es una decisión social. El conocimiento científico puede asistirnos en esta decisión, pero solo nuestra percepción del género y no la ciencia puede definir nuestro sexo.”
Así como el cisexismo es el sistema que privilegia las identidades cisgénero, el endosexismo es su contraparte a nivel corporal: la ideología que sostiene que solo los cuerpos no intersex (endosex) son “normales” o “sanos”, mientras que los cuerpos intersex son patológicos y deben ser “corregidos” o intervenidos, por lo general, sin el consentimiento de la persona.
5. Incluso los materiales educativos mejor intencionados pueden reforzar la exclusión.
Desmantelar el binarismo de género es una tarea compleja, porque estas ideas están profundamente arraigadas. Se podría pensar que con leyes como la de Educación Sexual Integral (ESI), estos viejos paradigmas están superados en el ámbito educativo. Sin embargo, la realidad es que las ideas binarias y biologicistas persisten, en general, de forma inconsciente, incluso en los materiales pedagógicos.
Un análisis crítico de los propios cuadernillos de la ESI revela cómo se reproducen estas lógicas:
- Se habla de “sistema reproductor masculino y femenino”, asumiendo que solo existen dos tipos y que están inextricablemente ligados a esos dos géneros.
- Se definen las diferencias anatómicas únicamente entre “mujeres y varones”, lo cual borra por completo la existencia de personas intersex y no binarias, por ejemplo.
- Se asocian características físicas estereotipadas a cada género, como que “los huesos de los varones se vuelven más robustos”, mientras que las mujeres simplemente “crecen en estatura”, lo que refuerza ideas sobre la fuerza y la debilidad ligadas al “género femenino”.
Esto demuestra cómo las estructuras de poder, como el binarismo y el biologicismo, persisten incluso dentro de marcos progresistas. Sin un análisis crítico constante, corremos el riesgo de enseñar, por un lado, la inclusión y, por el otro, reforzar la exclusión, sin darnos cuenta.
En conclusión
A lo largo de estos cinco puntos, hemos pasado por la idea del género como una categoría simple y binaria hasta entenderlo como un sistema de creencias complejo, poder y lenguaje que nos afecta a todxs. Hemos visto que la “perspectiva de género” puede excluir; que la identidad de género es universal; que la discriminación es sistémica; que la biología no es un destino y que incluso nuestras herramientas educativas pueden fallar.
No hay una respuesta final, sino un camino de aprendizaje constante. Ahora que podemos empezar a ver estas estructuras que antes eran invisibles, la pregunta que nos queda es: ¿Qué suposición sobre lo que entendemos como género podríamos empezar a cuestionar en nuestro día a día?
Cómo citar este texto:
Meoniz, E. A. A. (2026). Perspectiva de Género y ESI: 5 conceptos clave para la conducción institucional. Recuperado de https://impulsoeducativo.ar/blog/perspectiva-de-genero-y-esi